¿Es posible un centro social autogestionado en un barrio obrero?

La pregunta anterior queda excesivamente abierta si no especificamos que hablamos de Sevilla en la actualidad. En otros momentos ha sido más frecuente que lo que podríamos denominar “trabajo territorial” o los espacios políticos alternativos se localizasen en sectores periféricos. Esto podría ser cierto con las asociaciones de vecinos en los setenta y primeros ochenta o incluso más adelante, cuando polígonos de vivienda obrera como San Diego o Parque Alcosa eran los principales referentes del activismo urbano en Sevilla (quedan muchos de estos espacios en la ciudad, con menor o mayor grado de vitalidad). Sin embargo, desde bien entrada la década de los años noventa hasta la actualidad, pareciese que el activismo urbano solo fuese posible en el centro de la ciudad, en los viejos barrios bohemios hoy gentrificados y propios de una clase media profesional y progresista.

La anterior pregunta cobra aún otra dimensión ante el cierre en este mes de octubre del centro social La Soleá. Este no deja de ser un hecho relevante, en la medida en que supone un cierre (uno de muchos, pero que también tiene su relevancia) del ciclo de luchas que se inició en mayo del 2011. El centro social La Soleá fue el producto material más notorio de la asamblea del 15M San Pablo, en el polígono de viviendas sociales de igual nombre y que previsiblemente cerrará con el centro social. Esta era la última asamblea del 15M que seguía activa en la ciudad, aproximadamente seis años después de que se creasen de forma multitudinaria en muchos barrios de Sevilla.

El 15M abrió la posibilidad a que se renovara en algunos casos o se creara en otros un trabajo territorial en muchos barrios de la ciudad, fuera del casco norte donde había predominado este tipo de activismo durante la primera década del siglo XX (con frutos muy notables, por otra parte). El movimiento de vivienda consolidó esta especie de proletarización de los movimientos de la ciudad, con el conocido episodio de Las Corralas, protagonizado mayoritariamente por mujeres de clases populares. Por otro lado, el reflujo político de los últimos años ha conducido a que el activismo urbano y los centros sociales estén probablemente más ceñidos que nunca a los barrios bohemios y de clase medio del centro de la ciudad. El cierre de La Soleá confirma esta tendencia.

Un centro social en un barrio obrero es posible, aunque, con las actuales tasas de desempleo y marginalidad, debería orientar sus actividades en mayor medida a la satisfacción de las necesidades materiales de la población. No es de extrañar que la única actividad de La Soleá que consiguiera cuajar y que siguiese llevando semanalmente un grupo numeroso de personas, muchas del barrio, fuese la oficina de asesoría sobre vivienda (que seguirá en el centro social de la Asociación Pro-Derechos Humanos de Andalucía). La última vez que estuve allí me sorprendió la cantidad de niños que venían acompañando a sus madres, a menudo ocupantes irregulares de viviendas. Actividades como algunas horas de guardería o ayudas escolares hubieran sido muy bienvenidas. El hecho de realizarlas en un barrio obrero, le hubiera otorgado un sentido político que no tiene en otras partes de la ciudad. Sin embargo, el centro social siempre estuvo falto de activistas, volcado sobre pocos hombros que apenas podían lidiar con las responsabilidades con las que ya cargaban.

No creo que pueda decirse este tipo de activismo sea necesariamente asistencial. Solo lo es si no se vincula a ningún proyecto de transformación política. Y este vínculo es parte del trabajo activista. Tampoco estoy de acuerdo con la idea de que un militante no puede ir a un barrio que no es el suyo a realizar trabajo territorial. Que solo el que sufre la opresión tiene la legitimidad para luchar contra ella. Esta afirmación niega la propia posibilidad de la política. Y lo hace, si se me permite el atrevimiento, en una manera muy manejable para la democracia liberal capitalista.

 

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Consejos para el mantenimiento del Centro Social

Este mes de abril de 2013 abrió sus puertas el centro social La Soleá en el barrio de San Pablo. En la ciudad de Sevilla, durante la década anterior han tenido cierta relevancia los centros sociales okupados y autogestionados (CSOAs), inmersos en su mayor parte en lo que ha venido a denominarse fenómeno okupa y que tuvo su mayor repercusión social en la década de los noventa. Este nuevo centro social debe entenderse en parte como herencia del mismo, al tiempo que rompe con determinadas tendencias desarrolladas hasta ahora. Por un lado, parte de la ocupación de un espacio abandonado por sus propietarios y fuertemente deteriorado, entrando en la lógica del reciclaje de instalaciones en desuso, además de apuntar modos de gestión ya suficientemente experimentados: órgano soberano en la asamblea y autogestión del espacio. Por otro lado, no parte de un grupo de jóvenes de tendencia libertaria que ocupan en el centro de la ciudad, sino de una asamblea de barrio, de carácter heterogéneo, que lleva un año y medio desarrollando una labor social y política en un polígono periférico e inconfundiblemente obrero de la ciudad. En este marco, no es baladí ordenar algunas de las lecciones que se han podido aprender en el ámbito de la creación y gestión de centros sociales, con la esperanza de que puedan ser de utilidad a las personas que se enfrentan a la aventura de llevar un proyecto de estas características a cabo.

Desmitificar los centros sociales

Para empezar, creo que una labor hasta cierto punto necesaria es la de desmitificar los centros sociales. Esto es así, porque en la época de mayor relevancia de los CSOAs, entre la gente vinculada de una forma u otra a ellos, se ha tendido a una cierta mistificación de este tipo de espacios e incluso a la generación de cierta ideología de la okupación, con sus discursos, anatemas y patrones estéticos, que no siempre ha sido beneficiosa. Los centros sociales no han de ser de una determinada manera, pueden adoptar muchas configuraciones y, precisamente, estas están relacionadas con el contexto en el que se desarrollan.

Los centros sociales han sido una herramienta útil de los movimientos sociales desde mucho antes de los años ochenta. El ejemplo más relevante es sin duda el caso de las asociaciones de vecinos en el periodo de la Transición, que aún hoy cuentan con una vasta red de espacios de actividad. Estos locales, a menudo eran cedidos o alquilados, pero en otras ocasiones eran ocupados para ser legalizados posteriormente, aunque aún podemos encontrar casos de viejas instalaciones que siguen en una situación irregular, incluso en Sevilla. También hay ejemplos más lejanos, como serían las tabernas obreras en el periodo anterior a la Guerra Civil: espacios de encuentro de las clases trabajadoras que, en nuestro ámbito geográfico, tendrían tanta importancia para el movimiento anarcosindicalista. Los centros sociales okupados y autogestionados entre finales de los ochenta y principios del siglo XXI son otro ejemplo, asociado a una juventud contracultural nacida de la Transición, que se volcaba en crear algunos de los pocos espacios fuera del consenso de la democracia liberal y de la deriva conservadora de la sociedad en los años del boom inmobiliario. Finalmente, puede que las ocupaciones que se están desarrollando, a raíz del panorama posterior al 15M supongan una nueva fase en el uso de este instrumento. En cualquier caso, todos los ejemplos mencionados coinciden en instrumentalizar una infraestructura física y localizada para la lucha política, lo cual ha demostrado ser muy útil en diferentes sentidos.

Actualmente, en la ciudad de Sevilla, conviven centros sociales de muy diverso carácter. Muchos locales de asociaciones de vecinos han acabado convirtiéndose en simples bares mientras otros han mantenido una actividad, más o menos variada, prestando servicios a la comunidad (talleres, cursos, biblioteca, guardería, etcétera). No obstante, en términos generales, han acabado siendo extremadamente dependientes de las subvenciones de la administración pública, de tal forma que es cuestionable hasta que punto podrían seguir funcionando si estas desaparecieran (algo tan factible en este contexto). Por su parte, los CSOAs más claramente indentificados con el movimiento okupa han tendido a funcionar como proyectos autogestionarios desarrollados por colectivos declaradamente libertarios y politizados, partiendo de una completa autonomía con respecto a cualquier institución. A pesar de la gran diferencia entre el primero y el segundo, en ambos modelos se han dado casos en los se ha podido acabar conformando espacios muy cerrados y dirigidos a la autoafirmación de un grupo muy restringido de activistas. Además, en los CSOAs locales, el rechazo a mantener cualquier trato con la administración pública ha terminado generalmente con el desalojo del espacio, a pesar de lo cual algunos han podido desarrollar su actividad durante mucho tiempo (el de San Bernardo lleva ocupado 9 años) y otros han intentado convertir el propio desalojo en una acción de desobediencia política con sentido en sí misma (CSOA Casas Viejas).

Generalmente, todos los espacios han buscado que un sujeto amplio, más allá del grupo que inicia el proyecto, se apropiase del espacio. En el caso de los espacios ocupados esto es clave, dado que es lo que en mayor medida justifica y legitima la toma del edificio. En el caso de los locales de las asociaciones de vecinos el sujeto amplio lo conformaban, como resulta lógico, los vecinos del barrio. En el caso de los CSOAs ha sido por lo general un colectivo más o menos grande de jóvenes y jóvenes adultos, con tendencias contraculturales y procedentes de distintos puntos de la ciudad. Otros centros sociales no encajan por completo en su estrategia en ninguno de estos dos modelos. Por ejemplo, en el Huerto del Rey Moro (barrio de San Julián), el reducido grupo de activistas que inició el proyecto ocupando un solar abandonado en 2004 (más próximo al perfil de joven contracultural que frecuenta los CSOAs), tras muchos años, consiguió dejar de ser necesario y que fueran los vecinos los que gestionasen un enclave que hoy cuenta con una enorme actividad, aunque esto ha supuesto que el espacio se haya acabado convirtiendo en una infraestructura despolitizada y muy alejada del proyecto de sus primeros promotores. El Centro Vecinal del Pumarejo parte de un grupo ciertamente heterogéneo en cuanto a edades y procedencias y con una aspiración clara de integrar al vecindario tradicional. Sin embargo, probablemente, su mayor éxito ha consistido en la atracción de un colectivo amplio de tendencias políticas alternativas y no necesariamente residente en el entorno inmediato del local. También ha habido diferencias con respecto de la participación en las instituciones o a los objetivos para con el espacio. De nuevo, el Huerto del Rey Moro consiguió varias concesiones de la administración local y tiene una situación hoy bastante normalizada. Por su parte, uno de los grandes hitos del Centro Vecinal del Pumarejo fue la expropiación del edificio por parte del Ayuntamiento, a pesar de lo cual, hoy, varios años y un cambio de gobierno después, se encuentra amenazado de desalojo.

Todos los casos han tenido sus propios problemas y sus aciertos. Con esto quiero señalar que no existe un único modelo y es necesario experimentar en función de nuestras expectativas, siempre partiendo del sentido común y del conocimiento de la realidad a la que nos enfrentamos, que varía tanto como puede variar el tipo de barrio, el tipo de edificio tomado o el grupo que inicie la actividad.

La necesidad de definir un modelo consciente

En Sevilla son conocidos los beneficios que han proporcionado los centros sociales. En primer lugar, han sido infraestructuras de una utilidad evidente para los movimientos autogestionarios, proporcionado soluciones a las necesidades de espacio de reunión o a la hora de realizar actividades para generar una caja de resistencia o similares. En segundo lugar, han ofrecido posibilidades a la hora de desarrollar proyectos de colectivos políticos concretos, ya que las ideas solo se pueden materializar en el espacio y para hacerlo hay que controla un ámbito concreto (el centro social es la mínima expresión de esto). Por último, como espacio de confluencia, los centros sociales han sido a menudo un faro para gente con inquietudes que no encontraba donde volcaras o espacios de consenso para grupos diversos. No obstante los centros sociales se encuentran también amenazados por derivas poco recomendables.

La imposición de un modelo rígido desde un principio, y más de un modelo ideologizado y que no tenga en cuenta el contexto real en el que se encuentra, suele conducir a tremendas frustraciones por parte de los activistas. A pesar de esto, hay determinadas cuestiones que hay que definir y es mejor hacerlo pronto que tarde, siempre tendiendo en cuenta que son aspectos que se pueden reconsiderar más adelante. Es conveniente definir qué estrategia se va a llevar con el centro social. Qué objetivos se van a plantear para con el mismo y cómo se va a conseguir llevarlos a cabo. A este respecto es común que surjan los temas sobre si se pretende que alguna administración expropie, si se va a intentar buscar un convenio de cesión con la propiedad, o si por el contrario se parte de la inevitabilidad del desalojo y se pretende sacar el mayor partido mientras dure. Esto va a condicionar mucho el tipo de relación que se pretenda tener con una diversidad de agentes, como son la administración, la propiedad, el tejido asociativo de la zona o incluso los medios de comunicación.

Igualmente importante es definir cómo va a ser la organización interna del espacio, lo cual depende mucho de QUIÉN forma el centro social. Un centro social puede ser el espacio de un colectivo político que existía previamente y que pretende perpetuarse más allá de la vida del local, también puede pretender ser una infraestructura utilizada por un conjunto de colectivos más o menos diversos que cooperan y comparten lugar o puede ser un único colectivo identificado con el propio centro social, en formación y que va agregando a los individuos que se van acercando y quieren desarrollar actividades. Por ejemplo, si se pretende que un sujeto colectivo amplio como el vecindario se apropie del centro social, esto se tiene que ver reflejado en la estructura organizativa y se tienen que disponer cauces para ello, para que la gente participe y eventualmente tome como suyo el espacio. Aquí se debe valorar si se pretende la continuidad del grupo político que inició el proyecto o su disolución en los nuevos órganos creados, porque esto último es muy factible y a veces inevitable. También hay que tener cuidado a la hora de crear espacios de decisión, duplicar asambleas o generar conflictos de competencias que tienden a generar problemas a medio plazo. A este respecto es necesario definir dónde se toman las decisiones y quién puede participar de ellas. Generalmente es conveniente que quede clara la existencia de un solo espacio soberano sobre el centro social, pero al mismo tiempo disponer otros instrumentos que puedan facilitar la participación con distintos niveles de compromiso al mismo tiempo que descargan de trabajo a la asamblea, tales como comisiones u otros.

Clubes sociales y centros cívicos

La indefinición de partida, a menudo, facilita el caer en dinámicas gregarias por un lado o asistencialistas por otro, o incluso en una combinación de ambas. Por lo general, un centro social es iniciado por un grupo con unas características bastante definidas y que al mismo tiempo pretende dirigirse a un sujeto más amplio. Esto genera no pocas contradicciones. De partida, van a existir niveles diversos de implicación que van desde el compromiso absoluto a la visita esporádica, esto, en un centro social más o menos abierto y no demasiado sectario es prácticamente inevitable. Esta diversidad en el compromiso no tiene porque ser negativa en sí misma si se es consciente de ella y se gestiona adecuadamente. No obstante, es habitual que se genere una polarización entre un grupo más o menos cerrado con un compromiso total con el centro y una diversidad de grupos que se relacionan con él de forma más laxa. Es la conocida separación entre gestores y usuarios que puede desembocar en situaciones diversas. La negación de los diferentes niveles de implicación y de politización de los participantes suele derivar en la frustración a medio plazo, en la medida en que la respuesta de la gente no cubre las expectativas del activista más comprometido. Esto conduce fácilmente al abandono del proyecto o a la aceptación cínica y acrítica de la separación.

Cuando la asamblea del centro social se identifica con un grupo muy cerrado de personas con una elevada complicidad, la integración de nuevos miembros en el centro tiende a bloquearse. En estos casos podemos pasar de estar gestionando un centro social a un club social, donde el principal objetivo es la reproducción de ciertas relaciones. Así, el centro acaba siendo la casa de un grupo reducido de personas y más tarde o más temprano se pierden las perspectivas políticas que son sustituidas por dinámicas endogámicas y gregarias. Casos de autoconsumo que pueden acabar teniendo una repercusión social más bien escasa y son víctimas fáciles de los ataques estigmatizadores de agentes conservadores, tanto a nivel de barrio como de ciudad. Un caso en principio opuesto a la deriva del club social es el de la actitud voluntarista y sacrificada de un grupo que acaba convertido en simple gestor de actividades. El centro social pasa a convertirse en centro cívico, al que la gente llega incluso reclamando una serie de servicios, porque es la forma en que está acostumbrada a relacionarse con los espacios colectivos (del mercado o de la administración). Esto conduce fácilmente a que el centro social pierda sentido, pierda el contenido político y esto a costa del desgaste de los activistas más abnegados que reciben un pago escaso por su sacrificio.

Recapitulando

Algunos de estos problemas son prácticamente inevitables y se van a seguir repitiendo en espacios de similares características. No obstante, se pueden gestionar de la mejor manera para que el centro social tenga el mayor grado de éxito.

En primer lugar, hay que entender que no existen unas tablas de la ley ni respecto de la ocupación ni respecto de los centros sociales. En este sentido, creo que es un error asumir ciertos comportamientos y prácticas propios de lo que ha venido a denominarse fenómeno okupa como si fueran dogmas de fe. Es muy fácil caer en el sectarismo, más en espacios como los centros sociales, tan dados al gregarismo. Frente a esto, cada espacio tiene que construir su identidad en función del edificio, del barrio, del grupo y del contexto político amplio en el que se enmarca.

No es lo mismo desarrollar un local social de un determinado colectivo que un centro social de carácter más abierto. Ambas opciones son factibles y pueden ser muy útiles para la lucha, cada una a su manera. Ahora bien, dependiendo del modelo que se elija habrá que asumir una forma de gestión u otra. Además, es importante que la forma de gestión elegida sea sensata y acorde con la realidad del centro. Demasiadas veces ya nos hemos obcecado en aplicar nuestros modelos ideales a realidades que no encajaban, conduciendo esto a peleas, frustraciones y rencores.

En relación con lo anterior, en la medida en que no se renuncia a que un sujeto amplio se apropie del espacio, pues este es el mayor potencial de un centro de cualquier tipo, es importante ser conscientes de la necesidad de que existan diversos niveles de implicación. Para ello se pueden buscar diversos cauces. Es tan importante mantener el espacio organizativo de carácter más politizado como espacios prácticos donde la gente pueda acercarse y encontrar cosas útiles que hacer sin tener que pasar por asambleas eternas. Diferenciar espacios, procurando que no se solapen, puede ser una buena táctica.

La gestión del centro social puede ser muy pesada y en determinados momentos serán muy pocos los que le hagan frente. Ante esto hay que procurar no quemarse, mantener el centro social requiere el esfuerzo de muchos, no puede hacerse con el sacrificio de dos o tres personas, porque esto va a conducir a su abandono en un plazo medio. La lucha es muy larga y no empieza ni acaba en el centro social que demanda compromiso y esfuerzo, pero no sacrificios humanos.

Por último, hay que tener siempre en mente el marco político más amplio y no perder la perspectiva de que el centro es un instrumento para la lucha y no un fin en sí mismo. 

En defensa de las asambleas de barrio (II): Las asambleas de base y las alternativas políticas.

La necesidad de una propuesta política transformadora a una escala superior.

El lustro de depresión económica ha desembocado en una crisis social que no hace sino profundizarse con el tiempo y que no ha alcanzado aún hoy su mayor dimensión. El desempleo prolongado y el agotamiento de las prestaciones llevan una situación extrema, más allá de la amenaza de pérdida de la vivienda, para una parte importante de las clases populares. El proceso de pauperización ha venido acompañado de una profunda deslegitimación, en primer lugar de las instituciones económicas y del mercado como piedra angular de la sociedad y, en segundo lugar, de las instituciones y de la clase política en su conjunto. Es la forma de regulación político-económica de la sociedad la que se encuentra totalmente desacreditada. La democracia liberal surgida de La Transición, basada en el bipartidismo y en el discurso del “no hay alternativa al capitalismo”, está debilitada por el derrumbe de una economía de casino basada en la especulación y la deuda, que ha funcionado durante más de un cuarto de siglo pero que en los últimos años se ha demostrado insostenible a medio plazo. La misma deslegitimación que sufren los bancos y los partidos políticos tradicionales se torna en legitimación de los movimientos sociales, siendo los ejemplos más evidentes el movimiento por la vivienda, la PAH y el 15M. Además, los movimientos actuales tienen la ventaja de haber superado los sectarismos y la autorreferencialidad que los distinguían en el periodo previo. Existe en los mismos una cierta madurez y una conciencia de la importancia de la coyuntura actual. No obstante, la situación sigue marcada por la ausencia de alternativas claras y por la desesperanza de las víctimas del sistema. Así, el escepticismo en la posibilidad de un giro radical permite que el régimen se mantenga y siga aplicando sus soluciones, en las que ya solo creen los neoliberales más ideologizados.

La situación actual genera un vacío importante de referencias políticas para la población. Un contexto en el que es muy factible, y casi inevitable, que acaben surgiendo de forma exitosa nuevos proyectos políticos, que pueden tener un carácter extremadamente diverso. La amenaza más evidente es el nacimiento de iniciativas de extrema derecha. No obstante, igual de peligroso es el surgimiento de iniciativas renovadoras de “la izquierda” que encaucen el descontento, recuperen a los movimientos sociales y relegitimen el sistema ofreciendo una nueva versión de lo mismo. La falta de planteamientos políticos alternativos desde los movimientos sociales, la reducción de la radicalidad y de la actividad militante a lo más local y lo más inmediato y la falta de reflexión estratégica pueden facilitar esta última opción. La experiencia de Argentina en la última década creo que es el mejor ejemplo de esta posible deriva. Si los movimientos sociales no plantean alternativas alguien lo hará por ellos, de ahí la necesidad de reflexionar sobre estas cuestiones por incómodo que les resulte a muchos.

El cómo plantear alternativas políticas a una escala más allá de lo local, desde los movimientos de base, es un reto difícil en este momento. Al menos podemos estar de acuerdo en cómo no deben plantearse. Ya conocemos los resultados cuando se plantean las cosas de arriba abajo, ya sabemos lo que ocurre cuando hay un exceso de delegación. Se crean clases de políticos profesionales en busca de despachos y los movimientos y el trabajo de base dejan de interesarles cuando adquieren cuotas de poder. Al contrario, cualquier cosa que pretenda ser realmente nueva y cubrir nuestras expectativas de cambios radicales en la gestión de las necesidades y en la forma de organizarnos como sociedad, tendrá que surgir de abajo arriba, de un movimiento de base amplia y con objetivos transformadores. Esto, lógicamente requeriría no solo de organismos locales, sino de instituciones mediadoras entre lo local y otras escalas. Estructuras organizativas que funcionen al mismo tiempo que mantengan la orientación asamblearia y autónoma del movimiento. Además, para que esto tenga una incidencia real en la sociedad y se pueda generar contrapoder supralocal, hace falta una base, un abajo mucho más amplio, fuerte y bien organizado del que hemos tenido hasta el momento. Hace falta un movimiento social de base amplia y carácter transformador, que no tiemble al plantear la raíz de los conflictos económicos y políticos de esta sociedad y con una realidad social, cotidiana e inmediata, una realidad que no es la parlamentaria. Difícilmente pueden encontrarse atajos efectivos para ello.

Construyendo alternativas desde abajo

Un movimiento social puede engendrar distintos tipos de estructura organizativa. No obstante, el problema al que nos enfrentamos no es parcial, abarca a toda la sociedad y tiene múltiples aspectos inseparables. Los planteamientos sectoriales pueden ser útiles tácticamente pero encuentran sus límites rápidamente. Por otro lado, las iniciativas parlamentarias, por sí solas, siempre corren el riesgo de absorber el trabajo militante en un único frente que ya ha generado suficientes fracasos y decepciones. Parto de la convicción de que todo movimiento social de base amplia y estabilidad en el tiempo nace del territorio inmediato. Allí donde se generan solidaridades y se reconocen los problemas comunes. En las grandes ciudades el movimiento transformador a construir debe apoyarse en una estructura territorial, ha de basar su poder en el espacio inmediato, llamémosle barrio. El movimiento por la vivienda en Sevilla señala un camino bastante factible en el contexto actual, partir por un lado de las necesidades de la gente, de la organización de las víctimas del sistema, y por otro del propio barrio, de la proximidad geográfica y de las solidaridades que esta posibilita.

No todo el activismo de base fundamentado en la gestión de las necesidades engendra políticas progresistas. En el periodo anterior a la crisis, en una sociedad aburguesada e individualista surgieron conatos racistas y las demandas de las organizaciones barriales, en muchos casos, se dirigían exclusivamente a reclamar mayor vigilancia y represión sobre los adolescentes, los pobres y/o los inmigrantes extranjeros. Hoy, el incremento de la exclusión social puede ser visto de nuevo con el terror que engendra el odio para una parte de la población, aquella que conserva trabajo y un cierto nivel de vida en los barrios obreros. No obstante, el contexto actual es aún más propicio para que la gestión común de las necesidades propicie desarrollar aspectos como la solidaridad y la cooperación. El abandono del mercado y la deserción del Estado paternalista dejan poco menos que huérfana a una población que se ha alienado y aislado, encerrada en sus viviendas y sin los fuertes vínculos sociales con los que contaban las generaciones anteriores. Frente a esta situación, hay que recuperar las redes de solidaridad, las formas de colaboración y autogestión del territorio común. Las asambleas del 15 M apuntan en esta dirección, aunque con muchas carencias.

La situación puede ser propicia en Sevilla. Nunca hemos tenido tantos grupos militantes, cubriendo tantos territorios y (más o menos) coordinados: asambleas de barrios y pueblos, corralas, grupos de afectados por la hipoteca, PIVEs, (…). Ese puede y debe ser el germen de una mejor estructura territorial para un movimiento transformador por construir, no limitado a la vivienda ni mucho menos, sino centrado en la gestión colectiva y asamblearia de los diferentes aspectos de nuestra realidad social. Para ello hace falta fortalecer las asambleas, crearlas donde no existen, consolidarlas donde son débiles y ampliarlas donde están consolidadas y hace falta que estas asambleas trasciendan el reducido grupo militante y aglutinen cada vez a más vecinos. Podemos apoyarnos en las herramientas que ya hemos desarrollado como los PIVEs o las alianzas con las asociaciones de vecinos, pero al mismo tiempo han de propiciarse otras nuevas. En este sentido, no existe una buena razón para que no se estén creando asambleas de parados y centros autogestionados de recursos para el vecindario en los diferentes barrios y pueblos del área metropolitana. En definitiva, se deben crear organizaciones barriales que puedan hacerse fuertes en el territorio y ser referentes indiscutidos para el vecindario. Al mismo tiempo, se debe trabajar en la búsqueda de esas instituciones mediadoras que nos permitan trabajar a una escala superior, empezando por fortalecer los instrumentos de coordinación existentes, recuperar los que se encuentran en decadencia o inventar otros nuevos. Si se quiere construir ese movimiento transformador es inevitable discutir mucho más de lo que lo hemos hecho hasta ahora. Creo que podemos coincidir en gran medida en los análisis, no obstante, falta trabajar sobre objetivos comunes y estrategias para alcanzar esos objetivos. Estos pasos son esenciales a la hora de crear un movimiento social de base transformadora, que ha de ser la piedra angular a partir de la cual debe construirse la alternativa política a la precariedad y la mediocridad existentes.

No pretendo ser desmotivador, sin duda es hora de experimentar y de tener iniciativa, no de ser conservador. No obstante, a la hora de intentar introducir una perspectiva estratégica en nuestro activismo nos asaltan muchas preguntas y no tenemos todas las respuestas. Por ello, sería conveniente que estuviéramos dispuestos a tener un debate urgente, amplio y sin sectarismo sobre el camino que debemos seguir a partir de ahora.

En defensa de las asambleas de barrio (I): Las asambleas de base y el movimiento por la vivienda digna en Sevilla.

La creación de las asambleas de base del 15M en Sevilla

Se cumplen cerca de dos años tanto de las manifestaciones que originarían el 15M como del movimiento de descentralización a los barrios que generaría, en Sevilla como en otras ciudades, la estructura de asambleas de base en función de las cuales ha seguido respirando el movimiento desde entonces. Las razones para la descentralización fueron varias. Por un lado, las grandes asambleas, que reunían a centenares de personas en Las Setas (Plaza Mayor de Sevilla) durante el mes de mayo de 2011, eran en general poco operativas y se veía necesario organizarse en grupos menos numerosos. Por otro lado, el hecho de que las acampadas no pudieran sostenerse de forma indefinida, reclamaba una alternativa para mantener el movimiento y el espíritu de protesta vivos. Las asambleas de barrio, y su coordinación mediante portavoces, fue la solución que mejor encajaba con la autonomía innata del proceso y su aspiración de democracia radical, al mismo tiempo que ofrecía la oportunidad de trabajar con las problemáticas reales e inmediatas de la gente a partir de su realidad territorial. La Coordinadora de Barrios y Pueblos y las intercomisiones (coordinadoras de comisiones) de las cuales hoy solo está activa la de vivienda, fueron los principales espacios organizativos de rango superior de los que se dotó el movimiento. Esto sin olvidar las comisiones que se crearon en la acampada de “Las Setas” y que siguieron en funcionamiento en el nuevo contexto, estas son: comunicación y acción-extensión.

En las asambleas, cada una con su recorrido único, se han encontrado activistas que llevaban trabajando en los barrios o en cuestiones sociales durante la última década, jóvenes (y no tan jóvenes) incorporados a raíz de las manifestaciones masivas de mayo de 2011  y viejos militantes del periodo de La Transición, desencantados y reincorporados a la lucha en el nuevo contexto. En muchos nuevos y viejos activistas estaba la ambición de crear órganos que representase al conjunto de un barrio o un distrito. De esto ha quedado poco con el tiempo. La realidad es que las asambleas se han convertido en grupos militantes, mejor o peor coordinados, que no pretenden ser representativos del conjunto de la población. No obstante, esto no debe ser visto como un fracaso, sino como un baño de realidad ante unas aspiraciones para las cuales no se daban ni se dan las condiciones por el momento. Las asambleas han visto reducido su tamaño y algunas han desaparecido, pero otras se han consolidado, han encontrado dinámicas de trabajo productivas y han madurado. Por ejemplo, la implicación en las protestas contra los recortes vinculadas a una casuística concreta, la amenaza del cierre de la Residencia Pública para Mayores, ha sido la bandera de la asamblea de Montequinto, una de las más dinámicas del área metropolitana. Por su parte, Triana ha experimentado algunas iniciativas, como la creación de una asamblea local de parados, que deberían ser ejemplos a seguir para otras asambleas.

Estos son casos ejemplares de cómo las luchas y la actividad territorial se relacionan con las problemáticas más generales que acosan a la población actualmente a través de las asambleas de barrio. Asambleas que tienen la función de mediar entre el problema inmediato del individuo o de la comunidad y los discursos críticos más generales o abstractos. En este sentido, la potencia de la red de asambleas distribuida por los distintos barrios y pueblos de la corona metropolitana, a la hora de desarrollar campañas concretas, no debería pasar desapercibida para nadie. La fuerza del movimiento por la vivienda en Sevilla debería ser un ejemplo claro de esto.

Las asambleas de base y el movimiento por la vivienda en Sevilla

La existencia de una estructura de grupos militantes en los barrios y pueblos de la ciudad ha sido, sin lugar a dudas, un pilar fundamental que ha permitido generar un movimiento por la vivienda con una relevancia social inédita por décadas a nivel local. Estos grupos permitieron, en primer lugar, hace ya más de un año, la creación de la red de Puntos de Información de Vivienda y Encuentro (PIVEs) en toda la ciudad, de los cuales hoy existen 13, gestionados fundamentalmente por activistas de las diferentes asambleas de barrio voluntarios, algunos muy especializados (abogados y, en menor medida, trabajadores sociales). Estos PIVEs han sido la base para la creación de grupos de afectados por la vivienda y de Las Corralas, realojos colectivos en bloques de pisos vacíos propiedad de entidades financieras y de empresas constructoras, que son hoy el producto más reconocible pero no el único de la Intercomisión de vivienda del 15M. A su vez, el movimiento por la vivienda, ha sido un elemento fundamental que ha facilitado el crecimiento o la consolidación de varias asambleas. Algunas de ellas, especialmente las que podían parecer más débiles como Sur o San Pablo, han encontrado una labor y un sentido a su existencia, desarrollando un trabajo socialmente necesario en el barrio, que ha permitido generar conciencia política, que ha concedido legitimidad a las asambleas o las ha nutrido con nuevos activistas. En términos generales, esta línea de trabajo ha permitido llegar en mayor medida a las víctimas del sistema y a las clases populares, trascendiendo el carácter de clase media progresista que tenía el movimiento 15M en un primer momento.  Además, ha permitido que el trabajo en barrios de Sevilla se conecte claramente y empuje en la misma dirección que el de otros núcleos del área metropolitana, como Alcalá de Guadaira o Dos Hermanas.

Es indudable, que el trabajo en vivienda ha acabado fagocitando la actividad de una buena parte de las asambleas. El caso de Macarena, una de las asambleas más potentes y numerosas hace un año, es un ejemplo de esto. A raíz de la creación de la primera Corrala, La Utopía, y de la multiplicación de los realojos, el trabajo militante ha venido siendo absorbido por el necesario trabajo de apoyo a las iniciativas de este tipo, repercutiendo en una menor participación de este nodo en los espacios de coordinación y en la desaparición de la actividad no vinculada al problema de la vivienda. Por su lado, del PIVE de Centro ha surgido la Plataforma de Afectados por la Hipoteca de Sevilla, con una actividad muy relevante en la actualidad, al mismo tiempo que los grupos de activistas de la zona han tenido que afrontar (en coordinación con otros barrios) la creación de tres corralas (dos de las cuales han sido desalojadas, lo cual no necesariamente reduce la demanda de esfuerzo militante), al tiempo que la asamblea de barrio pasaba a tener una existencia cuando menos errática. El caso opuesto podría ser el de la asamblea de Triana, la cual ha mantenido un trabajo constante en diversos frentes.

La cuestión fundamental aquí es la amenaza de caer en un trabajo asistencialista carente de cualquier orientación estratégica. La respuesta a esta amenaza creo que son las propias asambleas de barrio. La creación de grupos de afectados a partir de las oficinas de asesoría es una forma de evitar que las familias pasen por ellas, solucionen o no sus problemas y luego desaparezcan limitando estos instrumentos a la función que deberían cumplir (y no cumplen) los servicios sociales de la administración. No obstante, hay que considerar que ni los grupos de afectados que se han conformado en lugares como San Pablo o San Juan de Aznalfarache, ni las 10 Corralas creadas hasta el momento en la corona metropolitana, son espacios de militancia política. En estos espacios, la gente se autoorganiza colectivamente para solucionar carencias materiales muy concretas (fundamentalmente la vivienda), lo cual es un salto importante y valorable respecto de la forma habitual, individualista, aislada y sin esperanza, en la que muchas familias se enfrentan al drama de perder sus vivienda. No obstante, la situación actual demanda grupos, espacios de organización, donde nos cuestionemos la forma en que se gestionan los recursos en general (no solo la vivienda) y las formas en las que nos organizamos como sociedad. Estos espacios deben ser las asambleas de barrio (entendidas esencialmente como grupos militantes de base vinculados a un territorio concreto y coordinados entre sí). Los PIVEs, el apoyo a los grupos de afectados o el apoyo a las Corralas deben ser una labor de las mismas, una labor que las llene de legitimidad, que las convierta en referentes locales y que las nutra de nuevos activistas, procedentes de los grupos de afectados o de otros espacios. Si esto no es así, es posible que estemos errando en nuestro trabajo.

Una de las mayores potencias que tiene el movimiento por la vivienda en Sevilla frente al que se ha desarrollado en otros ámbitos, junto a la confluencia de activistas y organizaciones de diversa procedencia, ha sido el que se haya desarrollado a partir de una estructura de asambleas de barrio creada a partir del 15M. En otros ámbitos, el movimiento por la vivienda se ha desarrollado en torno a campañas-plataformas muy concretas, como Stop-Desahucios, u organizaciones sectoriales, como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, ambas fórmulas muy validas, con gran potencia y con un trabajo admirable a sus espaldas. No obstante, una organización de asambleas de barrio ofrece un abanico infinitamente más amplio de posibilidades, pudiendo ser la base de diversas realidades por construir, mientras que la campaña y la organización sectorial, por sí solas, son esencialmente posibilistas y tienen horizontes mucho más cercanos y evidentes, teniendo una utilidad esencialmente táctica. Por el contrario, las asambleas de barrio encierran muchas más posibilidades que están por explorar. Dicho de otro modo, el necesario movimiento transformador de base amplia que requiere el actual contexto de crisis social y política, si ha de ir a la raíz de los problemas y de romper con las formas en las que se ha desarrollado la política en desde el periodo conocido como La Transición, si realmente busca adoptar formas de democracia radical y romper con los paradigmas económicos que nos han llevado a la mísera actual, ha de partir de estas redes de asambleas de base o de una estructura muy parecida.

Barrios de Sevilla: LA CORZA

En los años veinte se presentó un proyecto municipal de casas “baratas y ultrabaratas” sobre la finca de Amate y unos terrenos propiedad de la Marquesa de La Corza, pensado para acoger a los chabolistas que afeaban la ciudad durante la Exposición Iberoamericana. El Patronato Municipal de Casas Baratas comenzaría a edificar el primer grupo de 60 viviendas baratas en la primera mitad de los años treinta sobre la huerta de La Corza, con una ubicación periférica y segregada de la ciudad por las vías del ferrocarril. Allí se realojaron en un principio hasta sesenta familias de obreros que vivían en las chozas de Amate. En los años treinta se pretenden obras para consolidar la barriada proporcionándole abastecimiento y desagüe y para reparar los desperfectos de la riada de 1936, no obstante todo queda paralizado por la guerra civil.

En 1945, se retoma la construcción de viviendas, proceso apremiado por la explosión del polvorín del Cerro del Águila, que deja a un gran número de familias sin vivienda. A partir de estos años se empieza a dignificar el barrio con obras de alcantarillado, abastecimiento y pavimentación. Aún así, todavía a finales de los años sesenta los vecinos reclamaban un alumbrado y una pavimentación digna.

Fue uno de los sectores más afectados por la riada de 1961. Tras este suceso la barriada quedó muy deteriorada. Unas 300 familias fueron desplazadas hacia el vecino barrio de las Huertas en 1980 y su hueco fue ocupado por desahuciados del centro histórico y de Triana una vez rehabilitadas las viviendas.

En 1982 el Ayuntamiento planteó la compraventa de los pisos, dejando abierta la posibilidad de canjear la vivienda por un piso de los Pajaritos para quien no pudiese pagarla. La asociación de vecinos denunció que el 80 % de los vecinos no podían comprar la vivienda e iniciaron una campaña de protestas cortando cada día la carretera Carmona hasta que la Junta de Andalucía (EPSA) adquirió las casas y las cedió a los vecinos en régimen de alquiler.

En la década de los ochenta se realiza la reforma que le da su aspecto actual, un proyecto que tuvo por objetivo la permanencia de la población. También se completa la supresión del ramal del ferrocarril que mejora su accesibilidad. A pesar de su proximidad a Santa Justa, sigue siendo un barrio obrero y humilde, al mismo tiempo que muy digno.

Barrios de Sevilla: SAN JOSÉ OBRERO

Hasta la segunda mitad de los cincuenta, el entorno de Santa Justa estaba todavía dominado por huertas y fábricas, junto a algunos barrios de autoconstrucción como El Fontanal y Árbol Gordo. A partir de estas fechas, la principal novedad es la construcción de la barriada de San José Obrero por parte del Instituto Nacional de la Vivienda en 1958, primera iniciativa de vivienda pública en bloques de pisos de la zona. Algunos años después, en torno a 1961, se construirían en similar estilo las edificaciones sobre la calle Filpo Rojas y Santo Domingo Sabio.

Junto a los cuatro grandes bloques que formaban la barriada se construyó la Iglesia de San José Obrero que quedaría abierta al culto en 1958 y que contaría con un colegio anexo, única instalación de este tipo hasta la década de los ochenta, con la construcción del colegio Al Andalus y el Instituto Antonio Machado. Otra instalación que acompañaría el conjunto sería el alberge municipal junto a la iglesia, hoy desaparecido.

Uno de los hechos más relevantes que aconteció en esta barriada en sus primeros años de vida, fue la inundación sufrida en el contexto de la riada provocada por el desbordamiento del Tamarguillo en noviembre de 1961. El acontecimiento fue especialmente grave en esta zona por hallarse la barriada construida sobre el cauce original del arroyo Tagarete, llegando el agua hasta la primera planta de los bloques de pisos y permaneciendo los vecinos atrapados durante varios días en sus viviendas.

Barrios de Sevilla: ÁRBOL GORDO

Árbol Gordo es un pequeño barrio de autoconstrucción junto a la carretera Carmona, uno de los primeros en colonizar la zona de Santa Justa. Su ocupación data de las primeras décadas del siglo XX, cuando Sevilla empieza a crecer fuera del recinto amurallado y los ejes de carretera Carmona y calle Arroyo comienzan a llenarse de fábricas. Junto a las fábricas nacen los primeros barrios obreros extramuros, como este, especialmente en el norte y noreste de la ciudad.

El barrio, como otros de su época fue construido por los propios vecinos. Nace de una parcelación ilegal sobre la antigua huerta de Árbol Gordo, y de esta toma prácticamente la particular forma que tiene el barrio. En un principio, el barrio no cuenta con ningún tipo urbanización, ni calles, ni abastecimiento de agua, ni saneamiento, etcétera, y los vecinos, en su mayoría inmigrantes del campo andaluz, construyen sus casas con la ayuda de familiares y vecinos, ladrillo a ladrillo, en el tiempo que les deja libre su trabajo.

En este sentido, en el periódico El Liberal de 1933 se afirmaba: “El Árbol Gordo se denominaba una huerta situada al borde de la carretera de Carmona, a unos quinientos metros de la línea del tranvía. Sin rasante previa, sin tener las calles trazadas, sin luz, sin agua, sin alcantarillado, sin el menor servicio urbano se vendieron allí parcelas de terreno a 16, 18, 20 y 22 pesetas el metro cuadrado, levantando cada propietario, según su mal saber y entender, cada casa con una altura distinta, y con los materiales que su bolsa le permitía emplear“ (MELERO, F. 2005).

Todavía en la década de los cincuenta y sesenta, se consideraba el barrio infravivienda. En un informe de la administración local sobre viviendas sin los mínimos de urbanización de 1952 se hace referencia, entre otras barriadas, a Árbol Gordo, diciendo lo siguiente: “(…) la vida se desarrolla en las peores condiciones higiénicas, indignas de una capital como la nuestra, teniendo como consecuencia que se han convertido en verdaderos focos de infección (…), por lo que el índice de mortalidad de las referidas barriadas es muy superior al de las demás zonas de Sevilla (…)”.

A partir de la década de los setenta se van obteniendo mejoras para el barrio. Hoy día es un barrio acondicionado, con una población muy mayor y que por su origen tiene ese aire de pueblo de los barrios de autoconstrucción sevillanos.