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Varios

Viejas clases medias, nuevas clases medias y nuevas clases populares

Ossowski revisaba en su obra más popular el origen del concepto clase social y encontraba referencias tan antiguas como Spinoza, aunque no es hasta el siglo XIX que suplanta a otros conceptos clasificatorios de los grupos sociales como el de “estados”. Precisamente lo que diferencia el término clase frente a otros términos como el mencionado (o casta, o estamento) es su vinculación al periodo capitalista y al predominio de las diferencias económicas frente a las establecidas por criterios legales o de la costumbre. Efectivamente el término clase diferencia grupos más o menos homogéneos en relación al poder y la riqueza que poseen en relación a su condición, lo que en conjunto les otorga un cierto estatus. Mientras, en otros periodos históricos y en otras geografías, el estatus determinado por el nacimiento habría sido determinante e imposible de compensar con la acumulación de capital (como parece que es posible hacer hoy), enfrentándose los menos afortunados a una discriminación institucionalizada por medio de normas y costumbres (vasallos medievales, personas de color en el apartheid, castas inferiores en la India). Lo que parece cercano a lo universal es la existencia de sociedades desigualitarias y en ellas la tendencia por parte de la población a interpretar las diferencias de forma dicotómica (ricos y pobres, los que mandan y los que obedecen, los que trabajan y los que viven del trabajo de otros), desde el mesianismo judeocristiano hasta el socialismo moderno. No obstante, al mismo tiempo, prácticamente en cualquier análisis serio de la sociedad, aún partiendo de la interpretación polarizadora y dictómica, tiende a aparecer la cuestión de las “clases intermedias” entre esos dos extremos.

En la cultura anglosajona del XIX, tradicionalmente, el concepto de clases altas estaba limitado a la nobleza, de tal forma que la burguesía podía ostentar una posición intermedia. A lo largo del siglo mencionado esta clase fue adquiriendo relevancia y resulta obvio su inclusión o incluso domino en los estratos dominantes. Así, el concepto marxista de clase media tendía a apuntar a cierto estrato de la burguesía, pequeña burguesía, poseedores de los medios de producción sin asalariados y/o poseedores de sus propios medios de producción, con algunos asalariados, pero que se veían obligados también a trabajar (caso de muchos artesanos). Sin embargo, poca atención era prestada a las clases medias en un siglo XIX polarizado en los países industrializados entre la alta burguesía y el proletariado. No obstante, en la primera mitad del siglo XX, empezando por Reino Unido, comienza a percibirse la importancia de un estrato intermedio que viene engrosado más que por la pequeña burguesía y los artesanos, por los trabajadores asalariados de cuello blanco, administrativos y funcionarios que pasan de ser irrelevantes a contar con un peso cada vez más importante. Junto a estos asalariados, que en gran parte no tienen por que contar con un estatus demasiado elevado, la complejización de los procesos de producción industrial iría dando lugar al lento crecimiento de los puestos de responsabilidad organizativa y técnica. Trabajadores asalariados al fin y al cabo, pero muy alejados del proletariado industrial, receptores de lo que podría denominarse un cierto sobresalario (parte de la plusvalía fruto de la explotación, en términos marxistas).

Tras la segunda guerra mundial la clase media empezó a cobrar especial importancia en países como EEUU. En este país, precisamente, el concepto de clase media adquirió un significado particular, convirtiéndose un elemento integrante fundamental de la ideología nacionalista dominante. La clase media en EEUU representaría el rechazo al clasismo de las nobleza europea tanto como la primera linea de defensa ideológica contra el socialismo. Además de una instrumentación política y una dimensión cultural, la clase media estadounidense tendría una base material, el crecimiento económico tras la segunda guerra mundial y el fácil acceso al crédito propiciaron la creación de un estrato asalariado acomodado, blanco, con vivienda suburbana en propiedad y automóvil. Otra parte de esta realidad consistiría en postulados ideológicos que no se sostienen ante un análisis serio, como la supuesta igualdad de oportunidades independiente del nacimiento.

Uno de los trabajos más populares desde un punto de vista crítico sobre esta cuestión sería el de Wright que intenta introducir estas cuestiones dentro de teoría marxista, distinguiendo entre unas clases medias tradicionales (la pequeña burguesía y los artesanos) y las nuevas clases medias. Respecto de estas últimas apunta al control de los recursos organizacionales por parte de los directivos y de los recursos de habilidad por los técnicos/profesionales como elemento que justifican la redistribución en su beneficio de parte de las plusvalías fruto del proceso productivo, por lo que también estarían inmersos en las dinámicas de explotación, aunque de forma contradictoria, como explotadores y como explotados al mismo tiempo. La noción de acumulación de recursos de habilidad se refiere en gran medida a la acumulación de títulos,  cuestión que recuerda mucho a las propuestas de otro autor, Pierre Bourdieu. Para este autor las clases sociales se diferenciarían por la acumulación de diferentes tipos de capital. Aunque habla de capital simbólico y social, las dos formas más importantes serían precisamente el capital económico y el cultural. La forma más común de obtener este último capital sería en las primeras fases del proceso de socialización, recogido como herencia de los padres y por lo tanto determinante en la reproducción social, y mediante los títulos oficiales, que supondrían una inversión familiar que se transmuta capital económico en capital cultural que, a su vez, servirá al titulado en el futuro para incrementar su capital económico.

Las nuevas clases medias, sustentadas sobre procesos formativos prolongados y costosos, fueron desde la década de los setenta la principal bandera del neoliberalismo (no solo en Reino Unido y en EEUU), la prueba viviente de que el progreso social era posible (una parte importante de las mismas sin duda era fruto de la promoción social del viejo proletariado) y una pieza fundamental en la negación de las diferencias sociales. El reciente libro Chavs de Owen Jones, sin pretender ser un documento científico, denunciaba como el discurso de la meritocracia (relacionado en el contexto británico con Thatcher y los conservadores y, cada vez más, también con los laboristas) justifica las desigualdades aduciendo a que tanto la riqueza como la pobreza son fruto del mérito individual, lo cual equivale a ignorar los múltiples y diversos mecanismos de reproducción social.

No obstante el discurso de la clase medias es débil en la medida en que su base material se debilita. En el caso del Estado español tenemos un buen ejemplo. En primer lugar, con la saturación de títulos en el mercado que empezó a generar desde finales de los noventa una masa trabajadora sobrecualificada y condenada a la precariedad, mostrando límites infranqueables a la promoción social mediante la acumulación de capital cultural. En segundo lugar, con el derrumbe durante la actual crisis económica del sistema de crédito familiar y propiedad que había sostenido en gran parte la realidad material de los estratos intermedios. En relación a lo anterior, seguidamente debería empezar a hablarse de las nuevas clases populares, por contraposición a las nuevas clases medias. El empobrecimiento de las clases medias, la desvalorización de los títulos universitarios y la lumpenproletarización de las clase trabajadoras como consecuencia del desempleo prolongado son los factores de transformación social en la palestra actualmente. Hasta que punto están dando lugar a una nueva estructura polarizada y a un estrato bajo masivo, culturalmente diverso pero igualmente empobrecido, es un debate por desarrollar.

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