De consensos y gentrificación en la Alameda

Publicado en Portal de Andalucía

Septiembre de 2019 llegó con la noticia de que el viejo cine Alameda de la Alameda de Hércules va a ser derribado y sustituido por un hotel. Es el último episodio de la polémica sobre la turistificación del casco histórico de Sevilla. La intensificación de los flujos turísticos después del periodo de crisis iniciado en 2008 resulta determinante en el devenir reciente del centro de la ciudad. Cada año se cumple un nuevo récord de visitantes, de forma paralela al incremento de las plazas hoteleras y de pisos turísticos. Actualmente, Sevilla es la cuarta ciudad de España (muy cerca de Valencia) con más viviendas turísticas de este tipo, concentradas en su casco histórico y alrededores.

El caso del cine trajo de nuevo a colación, en una noticia de un periódico digital, el tema de la gentrificación. Lo más sorprendente de la polémica fue que uno de los expertos consultados se atreviese a negar la existencia de gentrificación, e incluso a asociarla la con una mera cuestión “ideológica”. Negar la gentrificación a estas alturas del partido es simplemente absurdo, e ideológico es realizar una afirmación dogmática indiferente a cualquier evidencia.

La gentrificación hace referencia a la transformación de un barrio popular, obrero o marginal en un barrio de clase media o de estatus superior, lo cual es propiciado por algún tipo de reinversión del entorno construido e implica alguna clase de sustitución de población. Es indiscutible que el cuadrante noreste del centro histórico era todavía en los años ochenta (igual que Triana o San Bernardo), un espacio degradado habitado por población de estatus bajo o muy bajo. La transformación del entorno de la Alameda ha sido muy dilatada en el tiempo, pero hoy es difícilmente discutible que se trata de un sector relativamente caro de la ciudad y habitado por residentes que son predominantemente de estatus medio o medio-alto. Esto puede comprobarse consultando los censos de población y se ve reflejado en cualquier informe oficial que maneje este tipo de datos en Sevilla a un nivel suficiente de desagregación.

Entonces, ¿por qué hay quien insiste en seguir discutiendo la existencia de gentrificación? Diría que la transformación de la Alameda, al contrario que otras partes del centro histórico (como Triana o San Bernardo), se hace en un contexto de enorme consenso político. De un lado, la operación de revalorización del centro histórico y sus sectores populares degradados era del interés evidente de la élite conservadora sevillana, siempre afecta al negocio inmobiliario. Del otro, en un marco político de coalición entre PSOE e IU, sería la izquierda la que acabaría abanderando la operación de remodelación final del entorno de la Alameda. La renovación de la Alameda solo fue la pieza final de un puzzle que empezó con la reestructuración del entorno de la zona para la Expo 92 y siguió con las inversiones de fondos europeos para la reforma del tejido urbano. El contexto político en el que se ejecutó hizo que esta operación se revistiese con un discurso (y práctica) progresista, como reinversión de una zona que había sido abandonada por el franquismo como castigo por ser el principal foco de resistencia al golpe de Estado, recuperada mediante un proceso participativo. Este discurso tiene su parte de razón, pero también es cierto que el proceso de declive de estos sectores urbanos responde a razones estructurales, que se repiten en cualquier otra ciudad ibérica del tamaño aproximado de Sevilla, y que van mucho más allá de una decisión política más o menos puntual. O que la participación se hizo en un contexto en el que ya la población del entorno había cambiado sustancialmente, y donde empezaban a predominar los hogares de clase media. También es cierto que el lupanar erradicado fue sustituido principalmente por un barrio bohemio, progresista y que vota a la izquierda. Gentrificación suena dentro estos perfiles sociológicos como “una mala palabra” y como tal se trata de evitar.

No obstante, más que negar la evidencia, sería razonable afirmar el carácter beneficioso del proceso. Nadie puede negar que sea positivo que un barrio muy degradado se reinvierta, mejore y se vuelva un sector de clase media. Donde antes teníamos un espacio de prostitución, mendicidad, venta ambulante marginalizada, menudeo de droga y ancianos en viviendas inhabitables, ahora tenemos un enclave de ocio nocturno lleno de bares de diseño, edificios de vivienda renovados y productos ecológicos.

Sin embargo, también sería bueno dejar algo de espacio para la autocrítica. Primero, porque es evidente que el entorno de la Alameda no se regeneró para la población que habitaba allí previamente sino, en todo caso, a pesar de ellos. En segundo lugar, porque al mismo tiempo que se han ido eliminando los barrios marginales con ubicaciones céntricas, se han multiplicado en la periferia, algo que no parece inocente, y hoy Sevilla cuenta con siete de los catorce barrios más pobres de España. Finalmente, porque el proceso no para, los precios siguen subiendo y el centro en su conjunto está quedando cada vez más para ciertas élites de la ciudad.

Volviendo al cine Alameda, hay una cuestión que resulta paradójica, y es que la instalación de este cine y el festival que lo acompañó a principios de los años ochenta, en uno de los momentos de máxima degradación, fue una de las primeras iniciativas dirigidas a dinamizar social y económicamente la zona. El propio mercadillo de la Alameda, expulsado ya en el siglo XXI para realizar la operación definitiva de renovación del paseo, también fue en su origen una iniciativa ciudadana de revitalización. La intensidad del proceso, la constante revalorización y transformación de la Alameda, hace que nada permanezca mucho tiempo igual. Los bares y las tiendas cambian constantemente, igual que las caras de la gente. Muchos hogares jóvenes y de clase media que se establecieron entre finales de los noventa y la primera década del siglo XXI tienen que marcharse actualmente, principalmente a barrios limítrofes extramuros, presionados por el auge de los precios turísticos y la inflación de los alquileres. El entorno residencial de la Alameda de Hércules ha sido en el pasado un conjunto de barrios obreros, un conjunto de barrios marginales y, más recientemente, un entorno de clase media progresista. Sin embargo, la propia continuación del proceso de reinversión y el éxito del mismo parece conducir hoy esta zona a convertirse cada vez más en un entorno para la visita, inapropiable como vecindario y alejado de cualquier noción de comunidad urbana o barrio.

Dimensiones de la desigualdad socio-espacial en Andalucía y el Estado español

Publicado en Portal de Andalucía

Este mes de septiembre el Instituto Nacional de Estadística ha publicado los datos del nivel medio de renta por hogar y por persona a escala inframunicipal (secciones censales). Esta es una información que hasta ahora no habíamos tenido a un nivel tan alto de desagregación y con tanta fiabilidad. Las encuestas sobre consumo y renta de hogares son muy comunes, pero no pueden llegar a este nivel de detalle por ser solamente un muestreo más o menos representativo. Con anterioridad, para análisis a este nivel de detalle utilizábamos variables de los censos de población relacionadas con el nivel de renta, como es el porcentaje de población con estudios superiores y otras similares. Estos datos, además de tener el obstáculo de recogerse cada diez años, habían presentado un empobrecimiento notable en la operación de 2011, cuando se había sustituido el recuento exhaustivo típico de los censos por una encuesta, al menos para las variables de tipo socio-económico, dificultando los análisis sobre desigualdad a un nivel elevado de desagregación. La herramienta que ha presentado en septiembre el INE, además de permitir este elevado nivel de detalle, gracias a los datos exhaustivos proporcionados por la Agencia Tributaria, permite seguir la evolución de los mismos en el tiempo, aunque por el momento solo se haya hecho pública la información correspondiente a 2015 y 2016.

La cartografía temática realizada a partir de estos datos evidencia las fuertes desigualdades territoriales en cuanto a distribución de la renta dentro del Estado. Con un simple vistazo al mapa de España se reconoce la fuerte diferenciación norte sur, que aparecer al representar prácticamente cualquier variable relacionada con la renta o el estatus a cualquier nivel de desagregación (provincial, municipal o infra-municipal). Esta polarización, con Andalucía y territorios limítrofes siempre con los indicadores más desventajosos, ha sido una invariante en la distribución de la riqueza por siglos. Esto tiene su explicación en el particular tipo de poblamiento y distribución de la tierra de la mitad meridional de la península, con su origen en el proceso de conquista del sur por el norte católico y posterior latrocinio de la tierra, y en las estructuras sociales, económicas y culturales que este proceso legó. Hace tres años, unos investigadores de la Universidad Pablo de Olavide vincularon esta polarización en concreto a la “velocidad de reconquista” (sic), señalando la relación entre la toma militar del territorio en un tiempo relativamente breve y la aparición del latifundio como pago a la nobleza y órdenes militares.

Sobre la polarización norte sur se advierte un desplazamiento del eje hacia una posición con un nor-este rico y un sur-oeste pobre, que tendría una mayor relación con los procesos modernos de desarrollo. Principalmente la industrialización del País Vasco y Cataluña, fomentada desde el estado central y capitaneada por las burguesías locales. La polarización este-oeste se acentúa por la situación desfavorecida de las zonas rurales de Galicia y el crecimiento económico relativo más reciente del levante y Mallorca, vinculado en gran medida con el desarrollo turístico. También con la excepcionalidad que supone la presencia de Madrid como un producto de la organización centralista del estado moderno. Este patrón forma parte de una trama de desigualdad a escala europea, con un centro privilegiado entre el oeste de Alemania, Francia, Sur de Inglaterra y norte de Italia y España, en claro contraste con sus periferias.

Dentro de estos patrones de trazo grueso se reconocen otras tendencias a mayores niveles de detalle, con las zonas más ricas en las ciudades de cierto tamaño, en contraste con un interior rural empobrecido. En el sur de España, y claramente en Andalucía, las zonas rurales se encuentran en una situación invariablemente desfavorecida. Entre estas, a su vez, los sectores costeros tienden a tener una situación de relativo privilegio, vinculado de nuevo a la economía volcada sobre el turismo y, en algunos casos, como el de la conurbación de la Costa del Sol, al establecimiento de hogares foráneos de renta elevada.

En las grandes ciudades se concentran los barrios con rentas más altas de Andalucía. Sin embargo, los barrios más pudientes del estado se siguen localizándose en las ciudades del norte, muy especialmente en Madrid y Barcelona, y en menor medida en aglomeraciones de menor rango poblacional como Bilbao y Donostia, con extensos sectores urbanos y suburbanos que conforman el 1% del territorio más rico del Estado. En el lado opuesto, es en las ciudades medias y grandes del sur donde se ubican los barrios más pobres. La Andalucía urbana se encuentra salpicada de barrios que forman la mayor parte del 1% del territorio más pobre del Estado. Son zonas más o menos extensas en las periferias de grandes ciudades como Sevilla, Granada, Jerez, Málaga o Córdoba, pero también en ciudades de menor rango, como Dos Hermanas o la conurbación entre La Línea y Algeciras. Esto tiene difícil comparación con las ciudades del norte, donde incluso Madrid o Barcelona, a pesar de sus enormes dimensiones, apenas cuentan con una o dos secciones censales dentro del percentil más desfavorecido. Incluso en las zonas relativamente más pobres del norte, las ciudades gallegas de mayor tamaño (Coruña, Santiago o Vigo) no cuentan con sectores urbanos con niveles tan bajos de renta.

Más que a una victimización inútil, esta serie de evidencias deberían llevar a preguntarnos cómo es posible que estos amplios sectores urbanos, cuyos nombres todos conocemos a estas alturas, tengan tan poca relevancia política tanto a nivel del Estado como de Andalucía, y tanto a nivel de participación como de presencia en los discursos políticos.

La amenaza de la ultraderecha y los barrios obreros

Existe la creencia inocente de que, invariablemente, la extrema derecha moviliza el odio hacia los grupos vulnerables y la extrema izquierda la desafección hacia las élites. Esto solo es parcialmente cierto. El verdadero peligro de la extrema derecha se encuentra en su capacidad de movilizar el rencor hacia ciertas élites, convirtiéndose en un fenómeno popular y de masas. No son pocos los ejemplos de esto en la historia y en la política contemporánea. Podría plantearse la hipótesis de que, en Italia, EEUU o Brasil, el nuevo conservadurismo de derechas, más que un discurso del odio contra las minorías étnicas, ha sabido armar un discurso del odio contra lo que dibujan como élites progresistas, con su típica ostentación de una racionalidad y una moralidad superior. Esto, al menos en algunos casos, tendría la capacidad de movilizar a las clases populares, y no exclusivamente blancas y masculinas.

Esto no quiere decir que Trump o Bolsonaro no sean racistas, que lo son. Lo que no son es políticamente inocentes. Es una tentación de la izquierda el presentar a la derecha de una forma caricaturesca, pero este tipo de políticos suele ser solo un poco tan tontos como los presentan. Gran parte de su éxito entre la población humilde procede de su capacidad de presentarse como elementos ajenos al establishment y a los consensos liberales dominantes a nivel político y cultural. Asimismo, el control de fronteras es una política que puede tener cierto predicamento incluso en parte de la población hispana bien establecida en EEUU, igual que el discurso de los valores familiares y cristianos para la población pobre y afrodescendiente de Brasil.

Hay algo de verdad en el hecho de que la izquierda ha tendido en algunos casos a convertirse en un discurso de una fracción intelectual de las clases medias, más o menos privilegiadas en sus respectivos contextos, sobre la situación de grupos oprimidos a los que no pertenecen. El discurso intelectualmente elaborado de esta izquierda corre el riesgo de acabar resultando antipático los estratos populares, con los que cada vez se identifica menos. La caricaturización mediática no solo afecta a los líderes derechistas, también afecta al izquierdista que corre el riesgo de ser identificado con un millonario de Hollywood o Silicon Valley.

El dilema de la izquierda en este contexto no es elegir entre diversidad cultural y clase trabajadora. Por supuesto que la clase trabajadora es culturalmente diversa. Siempre lo ha sido. La cuestión es hasta qué punto la clase trabajadora, en toda su diversidad, cada vez está más lejos de las ideas de izquierda. En Andalucía hay unas clases populares nutridas, de las cuales la mayor parte de la población inmigrante forma parte. Estratos sociales hostigados por el paro y la precariedad, en algunos de los barrios más degradados de Europa occidental, políticamente desmovilizadas y simbólicamente agredidas. Fracasados para la derecha convencional y españolazos retrógrados para una parte del progresismo. La extrema derecha, por el momento, tampoco ha tenido mucho éxito a la hora de interpelar efectivamente a esta población. Pero, ¿no debería preocuparnos que lo consigan en el futuro imitando experiencias de otras partes del globo?

Coincido con algunos de los diagnósticos que rondan las redes y no tanto con las propuestas. Abanderar un etnonacionalismo excluyente no es una solución, sino el problema en sí mismo. En el otro extremo, a estas alturas llevo ya un par de décadas escuchando la afirmación de que hay que montar más centros sociales y cooperativas, generalmente acompañada de la de que hay que olvidarse de los sindicatos y los partidos. No sé en otros lares, en Andalucía no he visto muchos avances con estos planteamientos. Yo soy un convencido de la utilidad de los centros sociales. Ahora bien, ensimismados, como suelen darse, las cooperativas o los centros sociales, pueden tener más que ver con el problema que con la solución. Son parte de la tendencia izquierdista a crearse sus diminutos guetos, igual de problemática que la tendencia a quedarse en los despachos de la universidad. ¿Hasta qué punto no convierte esto al típico izquierdista en una diana perfecta para las acusaciones de elitismo?

Volver a los barrios y a los tajos es otro lema muy bonito, pero endiabladamente difícil de llevar a cabo. El tejido asociativo heredado de la transición está casi por completo desmantelado, mientras que los proyectos de trabajo territorial, que se han planteado ya en el siglo XXI, han tendido a fracasar invariablemente en las ciudades andaluzas. Sin embargo, no veo otra forma que seguir intentándolo y seguir fallando, “fallando mejor”, sin abandonar otros espacios políticos al oportunismo post-político de la social-democracia y ni mucho menos a la derecha. En cualquier caso, la alineación de las clases populares con las ideas de izquierda en el futuro es algo que no puede darse por garantizado y esto debería ser objeto de preocupación y debate.

Lo que entendemos hoy por populismo

Artículo publicado en Portal de Andalucía

El término populismo ha ido ganando peso en la última década en la realidad política europea. Esto a raíz del auge de partidos de extrema derecha, de la relación e importación de cierta izquierda con movimientos políticos latinoamericanos que responden a esta denominación y, en general, a su uso como arma arrojadiza en la arena política como un instrumento más para desprestigiar al adversario. Vistas las cosas, diría que hoy día contamos con tres usos del término muy relevantes en la disputa política actual. Encontramos un uso despectivo tradicional, un uso despectivo demagógico y un uso apologético progresista.

El populismo en su sentido tradicional es un término despectivo que refiere cierto tipo de práctica política que interpela al pueblo de manera demagógica, apelando a grupos, intereses e incluso ideas políticas muy distintas y a veces contradictorias entre sí. Me atrevo a afirmar que cierto grado de populismo es indispensable para cualquier partido de masas en la democracia liberal, sea del signo que sea. Cualquier partido que aspire a conseguir que su opción sea la más votada debe apelar a intereses y sectores realmente diversos y encontrar resortes que permitan movilizar políticamente a las masas, con independencia de que se correspondan con problemas o soluciones reales. Más allá de esto, la forma histórica concreta en que han aparecido los populismos se relaciona con la emergencia de liderazgos carismáticos. En Europa muy vinculado a regímenes ultranacionalistas de derechas, a menudo filofascistas o ultracatólicos, mientras que en América Latina en algunos casos han sido los responsables del desarrollo de cierto estado del bienestar dentro de un marco de economías proteccionistas. El peronismo sería el caso paradigmático y, aunque el populismo ha sido tradicionalmente un objeto de crítica habitual de la izquierda, es complicado en la práctica ubicar a estos movimientos políticos en el eje izquierda-derecha. En el contexto andaluz, Isidoro Moreno ha señalado en varias ocasiones al PSOE como ejemplo del modelo populista tradicional, estructurado menos en torno a liderazgos carismáticos que en base a redes clientelares.

Hoy día podemos encontrar el uso anterior del término, sin embargo, es mucho más frecuente encontrar un empleo menos riguroso, aunque igualmente despectivo y paradójicamente demagógico (ya que la propia noción de populismo implica cierto tipo de demagogia). En este, populista sería cualquier propuesta política que se salga de los consensos político-económicos más generales de las democracias occidentales, que a juicio de Zizek serían la democracia representativa, la economía de libre mercado y el pluralismo liberal o multiculturalismo. En este sentido populismo es todo lo que se salga de lo que viene a denominarse de forma difusa centro político. Este es un uso políticamente conservador y en ocasiones reaccionario, dado que prácticamente cualquier propuesta que implique cambios profundos en el camino de las democracias occidentales capitalistas puede ser vilipendiado por populista. Lo contrario al populismo sería aquí la post-política o post-democracia, es decir, la gestión técnica de las instituciones. Los políticos se convierten en grupos de profesionales que pueden hacerlo mejor o peor, pero que hacen básicamente lo mismo, sin alterar el marco de grandes consensos inamovibles. Así, más valdría que los políticos se presentaran por concurso oposición en lugar de por elecciones. En este sentido, invirtiendo el discurso, el populismo es el único ámbito posible en el que pueden emerger contenidos realmente políticos. Y lo anterior enlaza con un tercer uso.

El uso apologético que podemos encontrar hoy día del término populismo, responde en gran medida a los planteamientos teóricos de Laclau y Mouffe y ha sido defendido en el ámbito del Estado por algunos políticos de izquierda bastante conocidos. El elemento central que se toma de la noción tradicional de populismo, es la movilización política del pueblo contra las élites. El populismo sería fundamentalmente un movimiento político anti-elitista, la noción de pueblo (más comúnmente nación) sería paraguas bajo el que se integrarían las distintas luchas, intereses contradictorios y descontentos acumulados frente a otro externo que no es pueblo. Laclau extrapola el peronismo (que es una realidad política más bien excepcional) convirtiéndolo en una especie de modelo o matriz política básica. Puede considerarse que la movilización de la masa contra las élites explotadoras y/o corruptas ha sido un elemento clave de los movimientos revolucionarios. Sin embargo, como objetan sus críticos, el modelo se ajusta incluso mejor a la forma en que han tenido éxito regímenes filofascistas. Pensemos por ejemplo en la Alemania de los años 30 y la construcción de los judíos como minoría privilegiada contra la que se une la mayoría de la población, machacada por la crisis.

El término populista se ha popularizado (valga el juego de palabras) en la disputa política, para referir principalmente las iniciativas políticas en torno a Podemos. Este uso coincide bastante bien con el segundo uso de la noción que hemos expuesto. Sin embargo, es mucho más cuestionable que haya funcionado en el sentido apologético y crítico. Aunque la izquierda interpele al pueblo y a las clases trabajadoras la realidad es que se trata de un voto que depende cada vez más de ciertas fracciones de la clase media con nivel cultural elevado. Además, concretamente, las figuras políticas que más han abanderado la noción progresista de populismo, se han volcado en campañas que se ajusta mucho más a un discurso post-político, que elude constantemente cualquier fuente de conflicto. Por el contrario, una elitización progresiva de la izquierda, podría ser un campo de cultivo para un anti-elitismo anti-progresista y anti-liberal, abriendo la puerta a un populismo reaccionario que apenas existe en la actualidad pero que es un riesgo que se debe tener en cuenta.

Mistificaciones del municipalismo

Artículo publicado en Portal de Andalucía.

Las últimas elecciones han sido un duro varapalo (también) para la corriente municipalista iniciada con los gobiernos del cambio de 2015. Los resultados no han acompañado allí donde se presentó una candidatura alternativa a la coalición de izquierdas. En Málaga o en El Puerto de Santa María se ha perdido toda representación institucional. Allá donde las candidaturas parecían más fuertes, como Jerez, se han perdido la mayoría de los concejales y han quedado reducidas a una situación marginal. Iniciativas de nuevo cuño para estas elecciones, como la de Alcalá de Guadaira, han obtenido un respaldo mínimo. En Córdoba la candidatura no pudo presentarse, aunque nada parece indicar que los resultados hubieran sido mejores. En Sevilla se optó por la confluencia ante la propia debilidad de la iniciativa, lo cual ha conducido a la fagocitación por parte de Adelante Andalucía.

Algunas de las explicaciones que se dan habitualmente a los malos resultados de la izquierda quedan impugnados aquí. Se habla mucho de las cosas que se han hecho mal para explicar los malos resultados, pero quizás deberíamos plantearnos lo contrario ¿hasta qué punto las iniciativas municipalistas han fracasado por hacer las cosas bien? En ciertos ámbitos son habituales las denuncias respecto de la falta de ética, horizontalidad y conexión con los movimientos de los partidos viejos y nuevos de izquierda. Lo cierto es que las iniciativas municipalistas que he mencionado, y muchos de sus militantes, son los mejores ejemplos de ética, horizontalidad e interpelación a los movimientos que conozco, pero paradójicamente el único ayuntamiento del cambio que se ha salvado del batacazo es el de Cádiz, que desde su inicio partió de un planteamiento distinto, ligado a la estructura del partido.

Creo que el municipalismo ha sufrido el coste de cargar con algunos misticismos que son consustanciales a este tipo de discurso. En primer lugar, pareciera que se ha querido ver a los ayuntamientos como algo independiente del conjunto del estado y de la política convencional. El municipalismo fue una fórmula con la que una parte del radicalismo de izquierdas, en parte identificado con el autonomismo y a menudo con una impronta anti-estatista fuerte, se enganchó en el cambio de ciclo político que se orientaba a la participación en las instituciones, manteniéndose al margen del maquiavelismo que marcó a Podemos desde sus comienzos. Participar de las instituciones del estado y de la política convencional al mismo tiempo que se descreía profundamente de las instituciones del estado y de la política convencional, condujo a contradicciones fuertes en los militantes. Probablemente las mismas personas no pueden estar en la calle y en las instituciones al mismo tiempo. Ciertos grados de delegación y profesionalización de la política no son solo un vicio estalinista, también pueden ser un peaje necesario cuando se entra en ciertos tipos de institución.

En segundo lugar, está la idea de que, desde los ayuntamientos, por su mayor cercanía, se puede intervenir más efectivamente sobre la vida de las personas. Sin embargo, puede ocurrir más bien lo contrario. Cuanto más profundos son los cambios que se quieren hacer, las competencias se encuentran más lejos de los municipios y más centralizadas. De esta forma, cuando se juegan cuestiones importantes a nivel político en otras escalas, lo lógico es que las iniciativas que se desarrollan exclusivamente en un nivel local salgan perdiendo. Esto tiene mucho que ver con lo que ha pasado en Cataluña, donde hay claramente un proyecto político a una escala supralocal. Pero también en Andalucía, donde los resultados electorales han tenido que ver con un voto útil al PSOE frente a la radicalización de la derecha, mientras que en varios municipios el voto a Adelante probablemente se ha comido el de las iniciativas municipalistas.

Finalmente, está la idea de que desde el ayuntamiento se podía estar más cerca de la calle y los movimientos. El problema es ¿hasta qué punto la gente está en los movimientos y en la calle? Lo cierto es que lo que suele denominarse como movimientos sociales es un ámbito famélico de la sociedad andaluza cuya representatividad es escasa. A día de hoy, ni en la Andalucía rural ni en la urbana hay movimientos sociales con un mínimo de influencia social, quizás con la excepción del feminismo, y ahí también el PSOE parece tener ventaja a la hora de capitalizar la protesta en forma de voto.

La invocación a unos movimientos sociales, que se dan muy rápido por supuestos, puede ser una forma de externalizar las responsabilidades políticas de la militancia de izquierdas realmente existente. La realidad es que no hay nada más que lo que construyamos nosotros ahora. Igualmente, pensar que hay una masa de votantes honestos, de clase trabajadora, profundamente de izquierdas, que no votan porque las iniciativas no son lo suficientemente éticas y horizontales, suficientemente pegadas a los movimientos sociales, etcétera, es una fantasía perniciosa.

El auge y caída de cierto municipalismo alternativo, ha venido marcado quizás en exceso por los contextos de las dos elecciones entre las que se ha producido este ciclo. En cualquier caso, este tipo de iniciativas siguen siendo un campo de experimentación política válida e interesante. Los proyectos que se mantengan después de las últimas municipales tendrán que plantearse estrategias a más largo plazo y con mayor independencia de la coyuntura política. La izquierda no tiene que ganar simplemente porque tenga razón y porque haga las cosas de una manera “correcta”. Esto es sustituir la estrategia política por una doctrina moral. En este sentido, un poco más de maquiavelismo no vendría mal.

El espacio simbólico de Andalucía en el mapa político español

Publicado en El Salto Andalucía

De forma muy seguida, conocí en el extranjero, ámbito interesante desde el que analizar estas cuestiones, a un madrileño y a un vasco con los que acabé teniendo discusiones muy similares. De forma muy sintética ambos me ejemplificaron lo que significaba Andalucía en sus respectivos contextos con la referencia a dos personajes públicos. El madrileño apuntó a un jugador del Betis, acusado de maltrato, al que se jaleó en su momento en el Benito Villamarín, y el vasco a la figura de Belén Esteban. Tardé un tiempo en darme cuenta que el jugador de futbol era canario y Esteban madrileña. No obstante, estos actos fallidos reflejaban una realidad más interesante. Estos personajes eran andaluces en la medida en que Andalucía no es tanto un pueblo o un ámbito geográfico sino una posición simbólica dentro del mapa político-cultural de España.

Me atrevería a afirmar que la imagen de Andalucía casi siempre se ha construido desde fuera o, en cualquier caso, las construcciones más exitosas han sido las que se han realizado de esta manera. Y estas construcciones son fundamentalmente negativas. La imagen de Andalucía de un conservador del centro o norte del Estado, hasta hace poco al menos, podría ser la de un pobre cateto, que apenas sabe hablar, con carnet del PSOE. La de una persona progresista sería la de un reaccionario besa cirios, aficionado a los toros y a la copla. Ambos coinciden en algo. Andalucía en ambos casos es un pozo al que se arrojan aquellos elementos de la propia sociedad y la propia cultura que se rechazan, que se quieren erradicar. Es un espacio político necesario para procesos que se dan fuera de Andalucía, pero que la implican constantemente. Eso podría acabar convirtiendo el territorio y sus gentes en una otredad absoluta, con la que no es posible el entendimiento, o con el que no es deseable pues siempre corre el riesgo de contradecir esta imagen preconcebida (aunque también puede reafirmarla, por supuesto).

Andalucía rara vez se ha construido exitosamente desde dentro. Tanto lo conservador como lo progresista acaban por lo tanto compartiendo el prejuicio del no-andaluz. Cada uno lo que se ajusta más a sus maneras. De esta forma, lo andaluz solo puede acabar reproduciendo una parodia de sí mismo, o negarse y aparentar ser otra cosa. Su lugar en los productos culturales españoles refleja esto bastante bien, ya sea contando chistes en programas de radio o limpiando escaleras en ficciones televisivas. No hay un rol positivo que jugar, al menos no desde una perspectiva progresista.

La construcción ideológica, sin ser independiente de las condiciones materiales, impacta en los comportamientos y en los procesos políticos y culturales que se desarrollan en la actualidad. Estos procesos son desencadenados por un contexto en el que la identidad nacional se sitúa en primer plano, empujando a la gente a posicionarse en un juego de banderas que inevitablemente funciona mediante una dinámica de conflicto (sin conflicto no hay política) y de inclusión-exclusión. Aquí, la imagen conservadora de Andalucía tiene la capacidad de imponerse como una profecía auto-cumplida. Los que tenemos una visión distinta de lo que es nuestra tierra, contemplamos aterrados como prolifera la exhibición de banderas de España o como arraigan los partidos de ultraderecha. Esto es una realidad, pero también es una imagen distorsionada. Se le da bombo a un mitin multitudinario de Vox en Sevilla, pero nadie presta atención a que los dos partidos más votados en la ciudad y la provincia unos meses atrás fueron por este orden el PSOE y Adelante Andalucía. El prejuicio busca siempre refrendarse y encuentra material abundante para ello.

En el contexto actual solo puede florecer más y más una práctica política acorde con la idea reaccionaria de este territorio, que tiende a hacerse hegemónica. Esto en la medida en que no hay un rol político y cultural positivo de lo andaluz, en términos progresistas, que la gente pueda asumir de forma masiva. Esta es una labor que, fuera de Andalucía, a nadie le interesa ni nadie espera. Es una guerra cultural que debe lidiarse aquí.

Rentismo e informalidad como parte de la estructura social andaluza contemporánea

Publicado en Portal de Andalucía

Cada cierto tiempo, la Junta de Andalucía realizaba encuestas sobre movilidad y estructura social, cuyo objetivo principal era mostrar como las décadas de gobierno del PSOE habían tenido como resultado la modernización y el progreso social de la población. La última de este tipo que realizó el Instituto Andaluz de Estadística y Cartografía (publicada en 2018, antes de las elecciones) concluía, como era previsible, confirmando la existencia de un fuerte ascenso social intergeneracional.

La encuesta observaba una gran movilidad ocupacional entre las personas entre 35 y 60 años respecto de sus hogares de origen, pasando de trabajos manuales a trabajos no manuales o de mayor cualificación, así como una alta movilidad educativa. Hay al menos dos objeciones que hacer aquí. La primera respecto del hecho sintomático de que se publicitase el dato de los mayores de 35, cuando lo lógico es que la entrada en el mercado laboral se produzca bastante antes. Este tipo de encuestas llevan vendiendo desde hace décadas el mismo proceso de movilidad, que es el que efectivamente se produce con el desarrollo de una economía de servicios y el acceso masivo a la educación superior en torno a la década de los años ochenta. La segunda cuestión es que las encuestas, por una cuestión metodológica, entiendo, ignoran de manera sistemática la existencia de altas tasas de desempleo estructural sostenidas en el tiempo. Este desempleo estructural pone en cuestión el éxito de la modernización de la estructura social andaluza.

La configuración social clásica de Andalucía está lejos del modelo europeo occidental, que sí puede estar presente en otras partes de la península. Clases sociales como el campesinado, la burguesía o el proletariado industrial (especialmente estas dos últimas), fundamentales en las narrativas dominantes sobre la historia social europea, no han tenido un peso demográfico relevante en Andalucía, o este se ha visto limitado a enclaves y periodos más bien limitados. Por el contrario, es bien sabido que la creación y desmantelamiento de un proletariado agrícola y una clase de grandes propietarios absentistas ha marcado el desarrollo histórico de la región. En esta economía agroexportadora, el proletariado agrícola masivo se caracterizaba, más que por la disciplina de la fábrica, por el desempleo estacional, la precariedad y la movilidad constante. Por su lado, la élite social era presa de un patrón rentista, en el que la acumulación que pudiesen propiciar los auges del comercio o los conatos de industrialización tendía a reinvertirse en la compra de tierras y títulos, antes que en el circuito productivo.

La mecanización y la emigración masiva irían laminando este sistema en la posguerra, mientras que la modernización de las dos primeras décadas de la democracia, hizo emerger una clase media urbana profesional vinculada al sector público (administración, sanidad y educación). Por su lado, la eclosión de la enseñanza superior masificó las universidades públicas en este mismo periodo, pero la reducción de su peso desde entonces es el resultado de un claro desajuste entre la demanda de empleo cualificado y la producción de títulos. La cuestión es que la modernización de Andalucía se jugó y se sigue jugando al desarrollo de un complejo inmobiliario-financiero y turístico que es el principal factor de su estructura social actual.

Mi idea es que el rentismo de la clase alta y la informalidad del proletariado son elementos arraigados en la estructura social andaluza, que se mantienen adoptando nuevas formas con los procesos de modernización. Por un lado, un sector inmobiliario altamente especulativo se ha ido transformando en una de las principales fuentes de acumulación para la elite andaluza, dando lugar a una economía extremadamente vulnerable a las crisis económicas. Por otro lado, construcción, hostelería y comercio son las principales fuentes de un trabajo progresivamente precarizado, donde se incrementa el empleo eventual, a tiempo parcial (no deseado) y el auto-empleo. El resultado es una estructura de la población donde predominan los trabajadores manuales y el proletariado del sector servicios. Un vistazo a la Encuesta de Población Activa (EPA) arroja que en 2017 los trabajadores manuales suponían un 60%, la mayor parte en hostelería y comercio. Pero a esto hay que sumar una tasa de paro que en un momento de auge del ciclo económico sigue en el 23% (EPA, 2018). Un desempleo que es alimentado por este proletariado de los servicios tanto como por un excedente de población con formación universitaria, destinado a buscar acomodo en el mercado de trabajo fuera de Andalucía.

En definitiva, la idea de una Andalucía modernizada y mayoritariamente de clase media siempre ha sido muy discutible y cada vez lo es más. Aunque profesionales y técnicos hayan aumentado su peso demográfico, la mayor parte de la población no solo responde a un perfil de clase trabajadora, sino que tiene un fuerte componente de inestabilidad e informalidad. La creciente dependencia del sector turístico, frente al estancamiento (regresión en algunos casos) del sector público, solo puede incrementar esta tendencia.